E74b Sistema hematológico: leucemias, linfomas y mieloma
Tópico
Los tumores del sistema hematológico, es decir, las leucemias, los linfomas y el mieloma, tienen una característica física que los distingue radicalmente de los tumores sólidos: no están limitados por una restricción de espacio físico a su crecimiento, porque sus células tumorales no forman una masa compacta en un único lugar del cuerpo, sino que circulan libremente o se distribuyen por la médula ósea y por la sangre periférica.
Al no tener esa restricción de espacio, el crecimiento de un tumor hematológico puede ser un crecimiento exponencial puro, sin ningún freno que lo haga saturarse como ocurre en un tumor sólido, y ese crecimiento exponencial puro continúa hasta que termina colapsando la producción normal de células sanguíneas en la médula ósea, es decir, hasta que las células tumorales desplazan por completo a las células sanas que normalmente producen los glóbulos rojos, los glóbulos blancos y las plaquetas.
Las leucemias agudas, en particular, tienen tiempos de duplicación de apenas unos días, lo cual genera la mayor urgencia temporal de todos los tumores: ese ritmo de crecimiento tan rápido es lo que obliga a iniciar el tratamiento de una leucemia aguda de manera mucho más urgente que el de la mayoría de los demás tumores.
Estos tumores del sistema hematológico tienen además una peculiaridad fundamental que ningún otro tumor comparte: el propio tumor es, en sí mismo, una parte del sistema inmunitario del paciente, o un precursor de esa parte del sistema inmunitario, porque las leucemias, los linfomas y el mieloma se originan precisamente a partir de las mismas células que componen el sistema inmunitario. Esta peculiaridad obliga a que cualquier inmunoterapia dirigida contra estos tumores sea extremadamente específica, para poder distinguir a las células tumorales de las células normales del propio sistema inmunitario del paciente, que son casi idénticas entre sí.
Para lograr esta especificidad, existen varios tipos de tratamiento: los linfocitos T del propio paciente pueden modificarse genéticamente para reconocer específicamente a las células tumorales; también existen anticuerpos biespecíficos, capaces de unirse al mismo tiempo a una célula tumoral y a un linfocito T para acercarlos entre sí; y existen anticuerpos conjugados con un fármaco citotóxico, que se unen específicamente a la célula tumoral y liberan ese fármaco justo sobre ella. Los tres tipos de tratamiento dependen de que existan, en la superficie de las células tumorales hematológicas, determinadas proteínas específicas que no están presentes, o están mucho menos presentes, en la mayoría de los demás tejidos del cuerpo, lo cual permite dirigir el tratamiento selectivamente contra el tumor.
Es esta combinación de un crecimiento sin restricción espacial, que puede volverse exponencial puro hasta colapsar la producción normal de células sanguíneas, junto con el hecho de que el propio tumor es una parte del sistema inmunitario del paciente, lo que hace que los tumores del sistema hematológico exijan tanto una urgencia temporal mayor en el tratamiento como un grado de especificidad inmunológica mucho más exigente que el de cualquier tumor sólido.
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