A3.3 Vacunas y otras estrategias
Tópico
Más allá de los inhibidores de checkpoint y de las células T con receptor quimérico, existe un amplio espectro de otras estrategias inmunoterapéuticas que actúan sobre distintos puntos de la interacción entre el tumor y el sistema inmune: en vez de concentrarse en un solo mecanismo, cada una de estas estrategias inmunoterapéuticas ataca una limitación distinta de las terapias que ya existen.
La primera de estas estrategias inmunoterapéuticas son las vacunas de neoantígenos, que buscan activar clones de células T específicos del tumor y ampliar la velocidad a la que esos clones de células T se multiplican dentro del paciente.
La segunda estrategia inmunoterapéutica son los anticuerpos biespecíficos, que conectan físicamente una célula T con la célula tumoral, uniendo un extremo del anticuerpo a la célula T y el otro extremo a la célula tumoral, sin necesidad de que el sistema de presentación de antígeno de la célula tumoral coincida con el de la célula T.
La tercera estrategia inmunoterapéutica son los conjugados de anticuerpo y fármaco, que usan la especificidad de un anticuerpo —su capacidad de reconocer selectivamente a la célula tumoral— para dirigir un agente quimioterapéutico directamente hacia el tumor, en vez de dejar que ese agente quimioterapéutico circule sin blanco definido por todo el cuerpo.
La cuarta estrategia inmunoterapéutica son los virus oncolíticos, que infectan selectivamente a la célula tumoral y la destruyen desde adentro, y que al hacerlo también activan la respuesta inmune del paciente contra el resto del tumor.
Lo que tienen en común, al menos, las tres primeras de estas estrategias inmunoterapéuticas es que cada una supera una limitación distinta de las terapias inmunoterapéuticas anteriores: las vacunas de neoantígenos superan la falta de clones de células T que ya existan contra el tumor, algo frecuente en los tumores que el sistema inmune apenas reconoce; los anticuerpos biespecíficos superan la necesidad de expandir células T fuera del cuerpo del paciente que exigen las células T con receptor quimérico; y los conjugados de anticuerpo y fármaco superan la barrera que le impide a muchos fármacos penetrar dentro del tumor, usando al anticuerpo como sistema de guiado hacia el tumor. Los virus oncolíticos, por su parte, aportan algo distinto: no solo destruyen directamente a la célula tumoral que infectan, sino que además activan la respuesta inmune del paciente contra el resto del tumor, combinando en una sola estrategia inmunoterapéutica un efecto directo sobre el tumor y un efecto sobre el sistema inmune. De este modo, cada una de estas cuatro estrategias inmunoterapéuticas amplía, por un camino distinto, el mismo objetivo que persigue toda la inmunoterapia: lograr que el sistema inmune del paciente reconozca y destruya al tumor.
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