Usuario:

E2 Sistema nervioso autónomo

Tópico

El sistema nervioso autónomo regula las funciones involuntarias del organismo a través de dos ramas antagónicas: la rama simpática, que activa al organismo preparándolo para la acción, y la rama parasimpática, que lo devuelve a un estado de reposo. Estas dos ramas actúan sobre los mismos órganos diana con efectos opuestos, y el balance entre la actividad de una y otra es lo que determina, en cada momento, si el organismo se inclina hacia la activación o hacia el reposo.

El corazón es uno de los órganos donde este balance entre la rama simpática y la rama parasimpática se puede observar de forma más directa, porque ambas ramas modulan de manera continua el nodo que marca el ritmo del latido cardiaco. La rama parasimpática, a través del nervio vago, frena ese ritmo y lo hace además de forma rítmica siguiendo la respiración, por lo que el intervalo entre un latido y el siguiente se acorta un poco al inhalar y se alarga un poco al exhalar; esta modulación ligada a la respiración ocurre a un ritmo relativamente rápido, variando varias veces por cada ciclo de respiración. La rama simpática, en cambio, acelera ese mismo ritmo cardiaco de forma más lenta y sostenida, ligada a la regulación de la presión arterial y de la temperatura corporal en vez de a cada respiración individual. Como estas dos influencias varían a ritmos distintos, la forma en que cambia el intervalo entre latidos —lo que se conoce como variabilidad de la frecuencia cardiaca— permite separar, dentro de esa variación, cuánta proviene de la rama parasimpática de ritmo rápido y cuánta proviene de la rama simpática de ritmo más lento, y así estimar el balance entre ambas ramas sin necesidad de medir cada nervio por separado.

Una de las razones por las que la rama simpática modula el ritmo cardiaco de forma lenta y ligada a la presión arterial es que existe un mecanismo de retroalimentación rápida, el barorreflejo, que ajusta la frecuencia cardiaca y el estrechamiento de los vasos sanguíneos para mantener la presión arterial estable. Unos sensores de presión ubicados en la aorta y en las arterias carótidas detectan cuando la presión arterial sube o baja, y esa señal viaja hacia el sistema nervioso autónomo, que responde ajustando en sentido opuesto el tono de la rama parasimpática y el tono de la rama simpática: si la presión arterial sube, aumenta el tono de la rama parasimpática y baja el tono de la rama simpática, lo que frena la frecuencia cardiaca y relaja los vasos sanguíneos hasta que la presión arterial vuelve a bajar; si la presión arterial baja, ocurre el ajuste inverso, cerrando así el ciclo que mantiene estable la presión arterial. Cuando este mecanismo de retroalimentación pierde sensibilidad y responde con un ajuste más débil ante el mismo cambio de presión arterial, esa pérdida se observa en enfermedades como la hipertensión, la insuficiencia cardiaca y el daño del sistema nervioso autónomo causado por la diabetes.

La rama simpática no solo actúa sobre el corazón y los vasos sanguíneos descritos antes, sino también sobre las glándulas sudoríparas de la piel, y esa acción se puede medir de forma independiente a través de la respuesta galvánica de la piel. Cada vez que la rama simpática se activa lo suficiente, las glándulas sudoríparas liberan una pequeña cantidad de sudor que cambia momentáneamente la conductancia eléctrica de la piel, y esa respuesta individual crece y luego decae siguiendo una forma característica que se repite de manera similar cada vez que ocurre. Cuanto más intensa es la activación de la rama simpática que provoca la respuesta, mayor es la amplitud que alcanza esa respuesta de la piel, de modo que la altura de cada respuesta galvánica funciona como una medida periférica de qué tan activada está la rama simpática en ese momento, reflejando así la activación emocional o cognitiva de la persona.

El sistema nervioso autónomo también controla, a través de las mismas dos ramas descritas antes, el tamaño de la pupila: la rama simpática la dilata y la rama parasimpática la contrae en respuesta a la cantidad de luz que entra al ojo. Cuando la luz aumenta, la contracción pupilar que impone la rama parasimpática no ocurre de forma instantánea sino con un pequeño retardo respecto al cambio de luz, y ese retardo hace que el tamaño de la pupila oscile brevemente antes de estabilizarse en el nuevo tamaño, en vez de ajustarse de golpe. La forma de esa oscilación y de ese retardo depende de qué tan bien estén funcionando las fibras autonómicas que controlan la pupila, de modo que observar cómo responde el tamaño de la pupila a un cambio de luz permite evaluar, igual que ocurre con el corazón y con la piel, el estado de las dos ramas del sistema nervioso autónomo.

Todas estas ventanas hacia el sistema nervioso autónomo —el balance entre sus dos ramas reflejado en la variabilidad de la frecuencia cardiaca, la sensibilidad del barorreflejo, la respuesta galvánica de la piel y la respuesta pupilar— se usan en conjunto para diagnosticar disfunción autonómica en la práctica clínica. En la insuficiencia cardiaca crónica, en la sepsis y en la diabetes avanzada, la variabilidad de la frecuencia cardiaca disminuye porque la rama simpática pasa a dominar de forma patológica sobre la rama parasimpática, y esa caída de la variabilidad de la frecuencia cardiaca se asocia con mayor riesgo de muerte en estos pacientes. De forma similar, evaluar cómo responde la pupila a un cambio de luz permite detectar lesiones del nervio que controla el músculo del ojo, intoxicaciones y alteraciones del estado de consciencia. De este modo, el mismo balance entre la rama simpática y la rama parasimpática que el sistema nervioso autónomo mantiene en el corazón, en la piel y en la pupila termina siendo la señal que, medida de forma no invasiva en cualquiera de estos órganos, permite diagnosticar el estado de ese mismo sistema nervioso autónomo.

ID:2244

gphysics.net - Dr. Willy H. Gerber
Palos Verdes, Costa de Corral, Región de los Rios, Chile